Llevamos 25 días en esta ciudad. Salvo en 4 ocasiones que
casi siempre coincidieron con un sábado, nos hemos reunido con los amigos, todo
lo demás ha sido trabajo, obligaciones, bronquitis de dos tipos, las de
garganta y las broncas con los constructores, notarios y todo aquel que dice
que por un dinero te ofrece un servicio. Pero ya parece que vislumbramos el sol.
¿O es la famosa luz al final del túnel? La cuestión es que Cuba ya se ve más claro y no tan lejos.
Calle de Oaxaca.
Aquí encadeno la bici.
Una tarde comí con Jorge Acosta, al cual conozco desde el
año 79, en la cantina “El Lepanto”.
Mientras hacía tiempo para que se hiciera la hora de la
cita, me dí una vuelta por la colonía que fue la misma en la que se encontraba
las oficinas de la Secretaría de Marina, mi primer trabajo en el DF allá por el
año 1981. Ya existía entonces la fuente de la Cibeles, copia exacta de la de Madrid
pero negra y que fue un regalo del viejo profesor a la ciudad de México. Después
de que el tonteara con las demostradoras de Bacardi Añejo, dos jovencitas muy
bonitas, que comiéramos y chupáramos bastante, nos acercamos a su casa para terminar de vaciar la
nevera de cervezas. También nos acompañaba Felix, nieto del encargado de transportar
las 361 obras del museo del Prado hasta Valencia en 1936. Jorge vive frente al
Parque de Chapultepec y al castillo del mismo nombre.
Plaza de Cibeles, en este local solía almorzar Tortas de Moronga ( bocata de sangre con cebolla)
Juan, Felix y Jorge
Castillo de Chapultepec desde Chez Jorge







